Crítica: El Castillo, de Franz Kafka, per Sexto Piso

Publicada el 7 d’abril a Llegir en cas d’incendi

castillo

La contradicción es un elemento esencial en la obra de Franz Kafka:

Olga se rio.

– ¿Por qué te ríes? – preguntó K enojado.

– Pero si no me río -dijo, y siguió riéndose.

La receta es simple: mostrar un hecho sencillo (“Olga se rio”); añadir su opuesto para indicar que quizá ese hecho sencillo formaba parte de algo complejo (“Pero si no me rio”); informar de las emociones de otros personajes envueltos en ese hecho sencillo para completarlo (“preguntó K enojado”); la  acción posterior indica lo opuesto a lo establecido por las palabras (“y siguió riéndose”) generando dudas sobre la intención de sus autores. Y así, interminablemente.

El castillo, última novela inacabada de Kafka, es un ejemplo paradigmático de desarrollo dramático a partir de la contradicción. La narración avanza a trompicones, imprevisible, arrollando cualquier previsión que el lector pueda hacer, y arrastrándolo a situaciones y lugares en los que espacio y tiempo no tienen significado determinado. Un hecho que se nos describe en presente será interpretado de un modo inconcebible en el capítulo siguiente, tergiversando lo que habíamos podido entender hasta ese momento. Así, el significado de todo cambia a medida que pasa el tiempo; de aquí que el protagonista de la novela se nos presente, desde el inicio de la novela hasta su final (inacabado), incapaz de pensar en el futuro.

Ilustración de Luis Scafati

La narración empieza al llegar K., agrimensor, al castillo que da nombre a la obra. K. ha sido llamado a trabajar en él, pero pronto se da cuenta de que nunca logrará entrar en las salas del castillo. No solo eso: tampoco ejercerá jamás de agrimensor. A partir de ese momento, la vida de K. es diferente, pero ni mejor ni peor. En un período de pocos días sus circunstancias cambian, pero en el fondo todo sigue igual: se enamora, encuentra un hogar, un trabajo, pero nunca llega al castillo. También se desenamora, pierde su hogar, cambia de trabajo, sin conseguir nada. Es difícil entender que pueda existir el progreso, el interés, cuando todo se mantiene igual, aunque todo cambie.

La facilidad de Kafka para presentar un objetivo fundamental, que marcará el curso de la narración, para hacerlo desaparecer al cabo de poco, y hacerlo sin que el lector pierda el interés, permite explorar todo aquello que reside en el sustrato de la civilización, más allá de sus variantes socio-económicas. La dificultad de la comunicación, el enjuiciar constantemente a los demás, la soledad, el amor, la honestidad, la jerarquía, el deber… una extensísima red de relaciones que estabiliza la sociedad, pero que al mismo tiempo es incapaz de evitar la inestabilidad individual. De aquí que K. no pueda progresar dentro de la sociedad, ya sea por las convenciones, o por sus inquietudes. Cuáles son esas convenciones y cuáles sus inquietudes, y si ellas son realmente causantes de algo, eso dependerá de la interpretación de cada personaje (y de cada lector).

La contradicción en Kafka asume así el papel de representar el absurdo sistemático de una existencia civilizada, donde polos extremos devienen un solo gris, el bien y el mal convertidos en agua estancada. Como el personaje de Klamm, indeciblemente poderoso, pero del que nadie sabe en qué consiste ese poder. Y si la gente del pueblo no sabe qué poder tiene Klamm, es porque él no quiere que lo sepan. ¿Pero cómo se sabe ésto? Nadie lo sabe. Quizá tampoco Klamm lo sabe. ¿Pero acaso hay algo que Klamm no sepa?

Ilustración de Luis Scafati

El final inacabado de El Castillo nos deja con ganas de más: la inestabilidad constante termina resultando placentera, bálsamo para los problemas cotidianos. La brusquedad de los giros narrativos en la obra de Kafka genera un espacio en el que encerrar las dudas personales, donde éstas últimas pierden cualquier atisbo de relevancia. Al fin y al cabo, se hace camino al andar, y las piedras que nos harán tropezar no las veremos hasta que sea demasiado tarde. Será entonces cuando se cuestione pasado y presente, pero no el futuro. Pero incluso entonces, ¿para qué preocuparse? La piedra será distinta para cada uno, algunos dudarán de si realmente nos hizo tropezar una piedra, y otros incluso dirán que no tropezamos en absoluto. La verdad está ahí fuera, o la verdad no está, o solo hay nieve alrededor del castillo.

Sexto Piso presenta El castillo en una edición ilustrada, con dibujos de Luis Scafati. Condensar el trabajo de Kafka en dibujo, visto el papel indispensable de la contradicción en su desarrollo, me parece prácticamente imposible. Dicho esto, el trabajo de Scafati, bebiendo de fuentes varias, desde el expresionismo alemán a Francis Bacon y el Surrealismo, representa con humor y gravedad algunas de las escenas más icónicas del libro. La traducción de Jose Rafael Hernández Arias peca en varios momentos de excesiva literalidad al pasar el texto del alemán al español, y aunque a veces eso construye un texto claro, también sacrifica en varias ocasiones la fuerza de las contradicciones que el texto kafkiano construye paso a paso. Esta edición es, a pesar de eso, una entrada muy recomendable al universo magistral de El castillo, facilitando su lectura con un diáfano formato interior, y con una encuadernación cuidada que ofrece entereza, versus un texto que busca, precisamente, provocar lo contrario.

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