Crítica: Schoenberg, de Charles Rosen, por Acantilado

Publicada l’11 de maig a Llegir en cas d’incendi

schoenberg

Supongamos que un grupo de personajes ilustres empiezan a transformar lo que la sociedad considera bello, aunque dicha sociedad no lo quiera: visten la belleza, o la desnudan, deformando su figura; la pintan con colores extravagantes; la vinculan a sonidos y danzas indescriptibles. Para lo bello ya no hay palabras, si no que se lo busca bajo capas de texto, o en sus silencios. Ante el exceso de manipulación, lo bello se pierde de vista, se convierte en un deseo, un ideal, que incita los individuos al movimiento pero sin que haya una meta definida. ¿Y cuál es la reacción más común ante semejante situación? Buscar en el pasado, sin saber que eso lleva a hundir lo bello un poco más en el caos movedizo de lo ideal.

Para Charles Rosen, Arnold Schoenberg no buscaba la belleza: su intención era llegar aún más lejos y recuperar la gloria de la música de épocas pasadas. Schoenberg creía que la mala praxis de muchos compositores había vuelto la música irreconocible, emborronando los méritos de una tradición de la que, por otro lado, debía surgir cualquier intento de nueva música, y que por tanto debía ser protegida y respetada. En manos de malos compositores, lo bello había dejado de serlo y se había convertido en algo antagónico a la tradición, en una mueca sórdida indigna de su pasado. ¿Y qué hizo Schoenberg para corregir esa situación? Pactar con el diablo, diría Thomas Mann en su célebre Doktor Faustus.

Pero Rosen discrepa: para aquellos que menosprecian la capacidad compositiva de Schoenberg, el teórico y pianista norteamericano les demuestra la elaboradísima metodología con la que el padre del serialismo abordaba la creación de nuevas piezas, con un ojo puesto en la gran tradición occidental, y el otro puesto en el presente (y el futuro) de ésta. Para aquellos que dicen que Schoenberg estaba, por otro lado, demasiado vinculado a la tradición, les demuestra que el compositor fue un radical de su tiempo, decidido a desbaratar los planes absurdos de los malos practicantes de la música. Al fin y al cabo, hay que ser muy provocador (o muy valiente) para llevar la contraria a la gran mayoría de personas vinculadas al mundo musical durante toda su carrera, desde espectadores a teóricos y críticos. Todo esto, a día de hoy, sigue siendo objeto de debate, y pone de relieve el interés que la figura del compositor austríaco tiene incluso a los sesenta años de su muerte.

En las poco más de cien páginas que Acantilado reeditó el año pasado, Rosen investiga con inaudito fervor los aspectos técnicos de las composiciones de Schoenberg, desde su primera etapa posromántica y expresionista hasta su final neoclásico y serial, pero también las condiciones económicas, sociales y culturales con las que él y sus discípulos, Alban Berg y Anton Webern, tuvieron que convivir, y que resultan tan interesantes como sus análisis musicales. Es esta visión global, del todo que supuso esa Segunda Escuela de Viena, y la pasión que desborda, lo que aleja el texto de ser un libro teórico. Habría que catalogar el libro de Rosen entonces como comentario crítico, de indudable valor conceptual, pero que trasciende el mero análisis técnico de la tonalidad y el dodecafonismo.

Es en este marco donde se nos cuenta, por ejemplo, la difícil relación entre Schoenberg y Richard Strauss, quién a pesar de ser el creador de dos de las óperas más polémicas de la historia, Elektra y Salome, abandonó más tarde la estética violenta de esas obras para optar por un (supuesto) conservadurismo musical. Rosen contrapone Strauss a otras figuras del período, Igor Stravinsky o el propio Schoenberg, quiénes a pesar de sus etapas neoclásicas nunca sacrificaron la voluntad de elaborar soluciones originales en sus composiciones. De aquí que Strauss, después de defender la música de Schoenberg, terminase renegando de él, afirmando que le iría mejor sacando nieve a palazos que en la composición.

Aunque a día de hoy la posición de Strauss no está necesariamente vinculada a un conservadurismo radical (es otro debate abierto), sí que es cierto que las influencias de la música serial y las innovaciones rítmicas de Stravinsky (quién también flirtearía con el serialismo al final de su carrera) son, a día de hoy, mucho más relevantes para la historia de la música en el siglo XX de lo que Strauss hubiera llegado a pensar en su día. Rosen ponte el punto final a esta discusión con una anécdota impagable referida a Strauss cuando éste le otorgó una beca a Schoenberg después de la aparición de sus divergencias estilísticas.

Rosen también ofrece claves para ayudar a los interesados a iniciarse en la música dodecafónica y serial, dando consejos a la hora de fijar la atención en ciertos aspectos de la música, como en el entender el valor de los motivos musicales en las composiciones de Schoenberg, o en el papel jerarquizante de las distintas voces de las piezas, que las organizan como si se trataran de obras tonales. Para facilitar la comprensión, Rosen cuenta el desarrollo de la estética de Schoenberg de manera progresiva, empezando por los aspectos más relevantes de su etapa expresionista, hasta los elementos más abstractos de la atonalidad. Y aunque en éste volumen no se pueda encontrar definiciones de todo la terminología utilizada, sí que ofrece suficientes ejemplos como para poder desarrollar una comprensión pragmática de la música dodecafónica. Y es que, como dice el propio Rosen, la música de Schoenberg se encarga ella sola de transmitir la grácil frialdad y la violenta intensidad que éste quería hacernos escuchar.

Schoenberg de Charles Rosen es, por tanto, un comentario crítico con el que es posible penetrar en el complejo universo de esa Segunda Escuela de Viena, ofreciendo herramientas para entender su faceta musical pero también el rol (contra el) que jugó en la sociedad de su tiempo. Y aunque a veces se echa un poco en falta un glosario para ayudar a los lectores menos versados en historia de la música a entender la multitud de términos que usa, lo cierto es que con los medios de los que disponemos hoy en día es extremadamente sencillo seguir las indicaciones de Rosen, saltando de fragmento en fragmento, buscando pieza a pieza, percibiendo la evolución de Schoenberg en el uso de una melodía o el contrapunto. Una cronología de la vida del compositor y una bibliografía actualizada completan este pequeño gran volumen.

Así pues, a pesar de algunos comentarios que ponen en evidencia la edad del texto, lo cierto es que éste, como un buen vino, ha ganado con el paso de los años. Aunar intensidad, concisión, profundidad y claridad tratando un tema de tal complejidad es digno de un auténtico visionario. Y muy probablemente Rosen lo sea.

Terminaremos aventurando lo que quizá éste pensó de la belleza: que si esta va efectivamente vinculada al orden, es perfectamente posible encontrarla en la música de Schoenberg. Lo que quedaría por hacer sería, entonces, abandonar los prejuicios para disfrutar de la que es candidata a música más expresiva de la historia. Solo así será posible comprender el legado que nos dejó el dodecafonismo de Schoenberg y que sigue siendo, para servidor, un punto de referencia y goce único en la historia de la música, un hito de la lucha de la voluntad contra un entorno hostil e hipócrita, pero sobretodo un redescubrimiento de la belleza a partir de los horrores y también las alegrías de la experiencia humana. Un compositor total, de los que marcan un antes y después. Y si llevamos ya 100 años con Schoenberg, gracias a Rosen su legado sigue todavía más vivo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s