Crítica: Velázquez. Vida, de Bartolomé Bennassar, por Cátedra

Publicada a Llegir en cas d’incendi el 4 de juny de 2015

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Deambular por los pasillos de El Prado somete al visitante a muchos y variados embrujos, pero hay pocos que puedan rivalizar con la carga existencial y física que derrama sobre sus espectadores la obra de Diego Velázquez. Enfrentarse a la realeza montando a caballo, a los bufones de la corte, a Marte, Ésopo y Menipo, o al Cristo Crucificado, implica impregnarse del peso que esos personajes llevan a cuestas, involucrarse por accidente en su vida y asumir sus consecuencias; así de intenso resulta el realismo del pintor sevillano, algo todavía más intrigante debido al insuficiente conocimiento que se tiene de la vida de éste.

Cátedra ha reeditado la obra que el historiador francés Bartolomé Bennassar dedicó a Velázquez, pero a diferencia de optar solamente por el análisis de su obra artística, Bennassar realizó un estudio transversal de todos los ámbitos de la vida del pintor. Es por eso que la lista de trabajos de la que partió para realizar la obra es también pluridisciplinar, incluyendo informes médicos, tratados de arquitectura, inventarios, estudios de la figura del rey Felipe IV, dotes otorgadas o misivas donde lamenta la lentitud en el pago por servicios realizados. A pesar de todo eso, no obstante, y como ya hemos dicho, el intento de reconstrucción de la vida de Velázquez sigue teniendo muchas lagunas. Casi nada se sabe de su juventud, de la relación que el pintor tuvo con su mujer, Juana Pacheco, o del segundo viaje que el artista realizó a Italia, a fin de traer obras de arte de primera categoría para las estancias reales de Felipe IV.

Bennassar estructura el libro de modo cronológico, ofreciendo lecturas e interpretaciones muy detalladas de varios eventos de la vida de Velázquez, pero sin entrar en la profundidad necesaria como para constituir un volumen científico. De aquí que Bennassar también opte por un enfoque mayormente continuista, ofreciendo su propia interpretación de los descubrimientos realizados por un número extenso de expertos en Velázquez, conservando siempre el enfoque hacia la figura del pintor como hombre. También tenemos que decir que para los amantes de listas y la catalogación el libro ofrecerá material suficiente a la hora de describir espacios, ropa y pintura como para poder hacerse una idea clara del entorno en el que vivía la familia del artista y su taller.

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Pero el gran protagonista de la obra, además del propio pintor, es la pasión que muestra Bennassar a la hora de retratar la rápida evolución de la carrera del genio sevillano, mezclando con gran destreza lo que se conoce seguro de la vida de éste, lo que se ha interpretado hasta la fecha, lo que sería coherente que hubiera sucedido y lo que el propio historiador desearía que fuera cierto. Para semejante menester usa un estilo claro, directo, con tono amigable que le permite lanzar preguntas al aire, afirmaciones y declamaciones al lector, e incluso ciertos instantes íntimos en los que parece que Bennassar se está escribiendo para él mismo. Pero tratándose de un texto divulgativo esto contribuye a contarnos tanto de Velázquez como sobre el propio escritor, convirtiendo las partes del libro que quizá sean más áridas (los catálogos e inventarios) en apreciados oasis de soledad, marcando un buen contrapunto a la humanidad desbordante de todas las demás secciones.

Es ese aspecto humano que permite al escritor contar con gran detalle, por ejemplo, la influencia de Francisco Pacheco, artista establecido  en la Sevilla del siglo XVII, y que aceptó tomar a un jovencísimo Velázquez como aprendiz, o la relación tan duradera y compleja que el artista tendría con el rey de España, Felipe IV, que fue profundo admirador, amigo en busca de consejo y protector oficial del pintor.

El arte de Velázquez también ocupa una parte importante del volumen. Más allá de los análisis de las obras, que los hay, pero no en profundidad suficiente como para que resulten sorprendentes, lo que sí que vale la pena destacar son los espacios dedicados a los cambios en la percepción histórica de la obra del pintor, o cómo sucesivas generaciones aprecian y valoran el mérito del sevillano a partir de parámetros distintos. Bennassar no ahorra tinta en establecer que, a día de hoy, una de las grandes victorias del pintor y uno de los principales motivos de su gloria es la preponderancia del color sobre el dibujo. Afortunadamente, el volumen cuenta con reproducciones de algunas de las obras del pintor, y aunque al no tratarse de un análisis de la obra de Velázquez no hace falta que estén todas, sí que es muy recomendable afrontar la lectura del libro con un catálogo de las obras completas. Recomendamos, por ejemplo, el catálogo que Fernando Checa publicó en la editorial Electa el 2008.

Siguiendo con el cambio de aprecio constante hacia la obra de Velázquez, es especialmente emocionante el capítulo dedicado a la recuperación que los pintores franceses hicieron de su obra a raíz del entusiasmo incondicional de Manet, pero también la atención que otros pintores españoles (e incluso ingleses) de categoría como Goya o Picasso dedicaron al sevillano. Bennassar aprovecha para alabar también la técnica compositiva y la riqueza en el uso del pincel del pintor para contar en qué influyó ésta en la técnica pictórica de generaciones posteriores (y también en la de contemporáneos de Velázquez).

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Para concluir, solo me gustaría añadir que la diversidad y riqueza en detalles de un volumen como el presente contribuye, principalmente, a mantener y conservar la fascinación y el misterio de la obra de un genio de la talla de Velázquez. Son muchas las obras que por su complejidad y riqueza siguen siendo quebraderos de cabeza para los expertos, como el caso de la Venus del espejo, pero muy especialmente Las Meninas, enigma y obra cúspide de la pintura occidental, de datación compleja, título mutable y origen de innumerables interpretaciones. El capítulo que dedica Bennassar a esta obra maestra resulta iluminador, pero sobre todo fuente de atracción inacabable hacia una pieza que trasciende los bordes delimitados por su marco. Es en una obra como esta donde el peso de los personajes, sus cargas física y metafísica, devienen algo más, una profundidad llena de ritmos, donde el vacío deviene espacio, las figuras movimiento, la luz una sensación sólida. Es donde el peso deviene vida, materia al servicio de una fuerza trascendente.

Así pues, no dejen pasar esta oportunidad para aprender un poco más sobre la vida de uno de los mayores pintores de todos los tiempos y especialmente no olviden ir a visitar sus obras. Con el texto de Bennassar y los cuadros enfrente podrán revivir un período fascinante de la historia de España, de la mano de gente normal y corriente, a pesar de los títulos nobiliarios que los describían. Es una historia de derrota y victoria, de superación a pesar de las dificultades, pero es también la consagración del ingenio por delante de la acomodación, el trascender la historia personal propia para conquistar un terreno imposible: lo ambiguo, lo múltiple, lo no-particular; en definitiva, una herencia universal que fascina, y que convierte lo demasiado humano en demasiado relevante, en un embrujo que de tan intenso puede resultar asfixiante. Pero es mediante el perderse dentro del espacio de los cuadros que uno puede recuperar el aliento, para finalmente plantar cara a las dificultades de la vida. Velázquez fue un genio del del realismo pictórico, pero sobre todo fue humano, y eso es lo que convierte sus cuadros en mucho más que pintura. Como diría Manet, fue “pintor de pintores”. No se lo pierdan.

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