Crítica: Javier Vázquez a la Galeria Trama

Publicada a Llegir en cas d’incendi el 8 de juliol de 2015

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Son las 19:00 del jueves 2 de Julio. Una frase del Dj sueco Avicii nos recibe mientras subimos al segundo piso de la Galeria Trama; su mensaje es claro: vive hoy como si todo terminara mañana. Arriba, encontramos arte pop celebrando la vida, el carpe diem, pero también la muerte, y lo que va más allá de ésta. Vemos arte que se baña en la nueva cultura de masas, pero que a su vez se constituye como homenaje al pasado. Una original mezcla que da lugar a obras frescas y juveniles, pero sin un ápice de superficialidad.

Minutos antes de la inauguración, hablamos con Javier Vázquez, prometedor y joven artista de Albacete. Su actitud es cordial, humilde, pero con fortaleza, con la seguridad que otorga ser un entendido en teoría y praxis artística. La discusión empieza, quizá por defecto profesional, por la interdisciplinariedad, y es que la música es uno de los temas más recurrentes y analizados en las piezas de esta exposición. Son numerosos los cuadros que hacen referencia al rol social del hecho musical, que se presenta desde varios puntos de vista: la función catártica de los festivales, los valores que se vinculan a cantantes-ídolos, la función de la imagen y los conceptos que añade a la interpretación, etc. La música en tanto que vibración, nos decía Vázquez, podría ser una sustancia invisible que nos une a pesar de la distancia. La vibración sería portadora de sensaciones y mensajes, y como medio de comunicación tendría mucha más influencia de lo que su ser etéreo nos haría creer en un primer instante.

Varias de las obras presentes en la exposición intentan capturar las emociones transmitidas por la música. Para capturar un instante tan íntimo, Vázquez usa un punto de vista subjetivo: nos sitúa en el epicentro de la vibración, en el punto de origen de lo que dará contenido al cuadro. Experimentar la emoción en primera persona nos permitirá entender la catarsis de los asistentes a un festival, pero también ir más allá y capturar la esencia de las preguntas y comentarios que el artista escribe, a veces literalmente, en la superficie de las imágenes. Cuestiones como el origen de la identidad, el profundizar en uno mismo o el valor de la diversión se suceden mientras la tradición, los ritos sociales y la cultura de lo material se lo miran todo desde (no tan) lejos.

Y es que uno de los pilares que vertebran la exposición es la oposición entre lo particular y lo universal, cómo uno surge de lo otro y viceversa. Un individuo convertido en entidad universal, que a su vez influye en lo particular; el huevo y la gallina, pero desde una óptica posmoderna. Destacaremos aquí los ídolos de madera grabada que Vázquez ha realizado con las caras de viejas y nuevas glorias de la escena pop mundial: Michael Jackson, Lana del Rey o Wiz Khalifa aparecen sobre tablas de madera sencilla, aunque a partir de técnica láser compleja. Le pregunto a Vázquez si está buscando lo que de humano hay en la tecnología, y con su respuesta nos afirma que ambas cosas han estado desde siempre unidas tanto en el arte como en la vida, que lo artístico no existiría si no fuera un reflejo de la sociedad. Y si la técnica cambia con el concepto, o a la inversa, esto no invalida el valor último del arte.

La preocupación de Vázquez no se vertebra, por tanto, a partir de la crítica o la valoración de lo que sucede en este movimiento constante entre individual y universal. Su arte no juzga, sino que muestra lo que hay: da visibilidad a lo que se vive en nuestro tiempo. Y en hacerlo, precisamente, abre la puerta a que se pueda discutir lo que sucede más allá del campo de visión. Sus obras serían capturas de pantalla de lo que vemos en nuestro día a día, y por tanto forman parte de un relato superior; en qué consiste éste, eso ya es otro tema. El artista opta, siguiendo a Hockney, por buscar nuevos medios en los que expresar el hoy, y dejar la metafísica en suspensión.

El arte de Vázquez es, así, resultado del esfuerzo cotidiano. Las recompensas, varias. Especialmente cautivadores resultan los ya mencionados ídolos grabados en madera, coronados por un maravilloso efecto distorsionador producido por la variación en profundidad de la madera al mirar desde cerca la superficie de la imagen, y por tanto imposible de captar en reproducción. A su vez, la irreverencia de las obras en que usa una técnica opuesta (hacer agujeros en una superficie para que el color subyacente salga a la vista) añaden un toque pop provocador que contribuye a enriquecer la ya de por sí sustancial exposición.

Aprovechamos los últimos minutos para discutir la escena artística barcelonesa, que el artista conoce por su propia labor (ha presentado obras en varias ferias e instituciones de la capital catalana, como el SWAB o el MEAM), y para que nos explique el por qué del título de la exposición, BANG, BANG, here I come again. La respuesta, perfectamente coherente con lo expuesto hasta ahora: música pop apreciada por el artista (la canción Jealousy de Martin Solveig) que hace referencia a su segunda exposición individual en la Galeria Trama (la primera se realizó en 2013) y que ayuda a establecer el carácter desenfadado y referencial de ésta.

Pocas críticas se pueden realizar ante una propuesta tan honesta, coherente y transparente como la presentada por Vázquez. Solo nos queda por decir que, si lo que necesitamos en este calor asfixiante es frescor y vitalidad, en BANG BANG podemos encontrar esto y mucho más.

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